La dama del acantilado

 Hacía frío. Un jinete cruzó las inhóspitas tierras de Stromness, rasgando la niebla a su paso. El viajero llevaba una capa que dejaba su rostro en oscuridad y que al ondear, parecía dibujar siluetas en las sombras de aquella noche del 13 de noviembre de 1836. Tras unos minutos de galope forzado el semental se detuvo resollando, pero el jinete no parecía frustrado por la pausa involuntaria, sino al contrario. Alzó la vista hacia el Este y observó con expresión satisfecha a Bhean, el pequeño pueblo que con porte orgulloso se alzaba en los acantilados de aquella región de Escocia.

Un fuego iluminaba el hogar, y el sonido de las llamas al crepitar se combinaba con las risas y charlas del interior de la posada, un ambiente acogedor y alegre. Un ambiente que pareció congelarse después de que el sonido de alguien llamando a la puerta resonara por cada esquina de la taberna. El posadero se dio la vuelta lentamente y dejó de rellenar la quinta ronda de cerveza de aquel grupo de marineros ebrios. La puerta sonó de nuevo.

—¡Evan! ¡Evan! ¿Se puede saber que estás haciendo? Este hombre...–Una mujer regordeta salió refunfuñando de la cocina mientras se limpiaba las manos en el delantal. Sus quejas parecieron romper parte de la tensión que había despertado en la taberna y hacer reaccionar al tal Evan, el posadero, que parecía ser su esposo. – ¿Se puede saber por qué no abres la puerta?¿Acaso tengo que hacerlo yo todo? No tengo seis brazos, ¿Sabes?

—Yvaine. Ni se te ocurra abrir. Sabes mejor que yo(tan bien como yo) que quien sea o lo que sea que esté ahí fuera no es bueno. Nadie con buenas intenciones aparece a medianoche en un pueblo dejado a la mano de Dios. Y menos en medio de una tormenta como la de esta noche.

—¿Ya empiezas de nuevo? ¿Quién crees que va a entrar?¿La doncella del acantilado? Por Dios, Evan, déjate de esos cuentos de viejas y marineros borrachos y zapatero a tus zapatos. —Yvaine, mujer, no juegues con esas cosas. Hay cosas de las que se puede reír uno, pero las cosas que no son de este mundo, mejor dejarlas tranquilas. Y el espectro es una de ell...–La puerta volvió a sonar y el matrimonio quedó en silencio, un silencio solo roto por los murmullos inconexos de algún marinero, brindis y las conversaciones de los vecinos reunidos en la sala.

— Evan, una vez más. Déjate de cuentos y sigue atendiendo a los clientes, que ellos sí son de este mundo y tienen la necesidad de abastecer sus barrigas cerveceras. Yo ya me ocupo del pobre desdichado que está soportando la tempestad mientras tú temes por tu alma.

– No digas que no te avisé... Nadie que aparezca por la noche puede traer algo bueno a este pueblo maldito.–murmuró para sus adentros mientras observaba con expresión crítica a su mujer dirigiéndose a la puerta, pero pronto las llamadas de un hombre de una esquina de la taberna requirieron de su atención y fue a atenderle.

«Esta mujer... Un día conseguirá matarnos a todos con sus impulsos y creencias racionales» Atendió a unos clientes más y finalmente, se sentó detrás de la barra, observando desde la distancia con recelo el intercambio de palabras entre la silueta en el umbral de la entrada y su pelirroja y testaruda mujer.

Tras unos minutos el viajero entró en la posada y se quitó la capa, mostrando a un alto e inexpresivo joven en su interior. Le dio la capa a Yvaine y se sentó en una de las mesas más recónditas del bar, donde se acomodó mientras escrutaba con la mirada los alrededores de la taberna.

—Te lo dije. No es más que un viajero que se ha extraviado, se quedará esta noche y quizás mañana prosiga su búsqueda.

—¿De qué búsqueda hablas mujer?

— No lo sé, yo solo repito lo que he oído. Quizás es la búsqueda del mágico jabón que hará que se te borren todas esas ideas fantasiosas y temerosas de la cabeza– Y tras soltar tan certeras palabras, alzó la cabeza y se dirigió con aire triunfante de vuelta a la cocina.

Pero Evan no reaccionó a estas palabras, tan sólo giró la cabeza, buscando al misterioso joven con la mirada, pero este no se encontraba donde estaba hace unos segundos. Sufrió un gran sobresalto cuando el joven tomó asiento delante suyo. Evan maldijo.

—¿Se puede saber de donde sales?

—Quiero información y creo que vos seríais la persona adecuada para concedérmela–indicó el joven con cierto acento extranjero, ignorando por completo la pregunta del posadero.

El tabernero exhaló un suspiro.

—¿Qué quieres?

—Hay un rumor sobre este pueblo. Una leyenda misteriosa y sombría que me trae desde muy lejos, una leyenda sobre un amor desesperado. Sobre un amante infiel y una dama que le espera. Una leyenda poco común, una leyenda que se dice que no es leyenda.–Ante esto, Evan empalideció y tartamudeó un poco antes de pronunciar:

—Yo...–Un pensamiento tomó forma en su mente y prosiguió la frase, pero esta vez con mayor aplomo– Supongo que... Supongo que no debía esperar otra cosa viniendo de alguien que se presenta como tú lo has hecho.

—Supongo. Comenzad.

Evan suspiró una vez más y ahuecó la voz hasta que esta se tornó más segura y comenzó el relato:
«Hace exactamente treinta años de esto. Los más viejos aún recuerdan estos sucesos con gran claridad y aún pueden rememorar con todo detalle, y hablar sin cesar de la belleza de Kirsty Royal, y de aquella tarde en la que un barco la trajo hasta nuestra tierra. También podrían contarte de Irvin, nuestro joven y valiente Irvin, uno de los galanes de nuestro pueblo en aquel entonces. Había nacido y crecido entre nosotros, y desde sus primeros pasos se había ganado el afecto y estima del pueblo. Y más tarde, se ganó el amor de más de una joven pero, como buen galán que era, él aspiraba a algo más aparte de lo que había crecido conociendo, y pronto fue tras la busca y captura del corazón de Kirsty, del que Irvin Evans se encontraba locamente enamorado.

Kirsty era tímida y dulce como una brisa de mayo, y al igual que la brisa, la muchacha era muy evasiva, pero Irvin tras muchos intentos y muchos meses de fracaso, al fin consiguió el objetivo que había ocupado su mente durante tanto tiempo, o al menos es lo que le parecía a él, a un alma joven a la que una legua, le parece medio mundo, y un año, una eternidad.
Pronto se vio a la joven pareja caminando de la mano por los senderos de la playa, o tumbados en el prado, mirando a las nubes. Aún recuerdo, con memoria borrosa, haber visto en mi niñez a Royal y Evans acurrucados en aquel rincón de la posada, recibiendo el calor del fuego mientras se contemplaban el uno al otro con una mirada llena de sueños y deseos.

Pero eso no duró demasiado... Pronto Irvin se cansó de la monotonía de este pequeño pueblo. Él soñaba a lo grande, con viajes lejanos y destinos cambiantes. Él quería ir a un lugar donde no lo conocieran, él quería ser admirado, quería que su valía se midiera y reconociese. Y pronto nos dejó, abandonando con una promesa en los labios y un suspiro guardado en el alma de Kirsty.

A los dos años volvió, recubierto de lino y seda con un uniforme de marina, y emociones desbordando su alma. El pueblo celebró su regreso y Kirsty pareció volver a la vida. Sus mejillas aquella tarde se enrojecieron, sus ojos brillaron y bailó durante toda la noche junto a la persona que más amaba. Y cuando llegó el alba trayendo consigo el amanecer a corazones llenos de júbilo, Kirsty e Irvin se dieron la mano y como años atrás recorrieron de nuevo los acantilados, con el estrépito de las olas a sus espaldas. Irvin no callaba sobre cada minuto, cada día, cada semana que pasó fuera de su pueblo natal y Kirsty poco a poco se veía más melancólica. Cuanto más elogiaba Irvin las tierras lejanas, más se convencía Kirsty de que una despedida se acercaba y que una nueva promesa sellaría sus labios, alejando a Irvin una vez más de ella.
Y así transcurrieron los años, con miles de suspiros y sueños sin cumplir guardados bajo llave en el alma de Kirsty, y cientos de distintos viajes por parte de Irvin. Ya no eran tan jóvenes como antes y ya no eran adolescentes llenos de sueños. Ahora eran adultos: Irvin ya no era un simple soldado y Kirsty ya no era solo una bella muchacha. Ella amaba su pueblo, y amaba a Irvin. Pero desde el segundo viaje de Irvin su hermosura solo se volvía más nostálgica y soñadora... Solo le quedaba soñar sobre ese día en el que al fin, Irvin y ella estuvieran juntos. Ese día pareció llegar, cuando Irvin desembarcó en nuestras costas el nueve de julio, siendo el cumpleaños de Kirsty y trayendo consigo el mejor regalo que ella había recibido en los últimos ocho años que habían estado juntos: Una promesa de amor cumplida.
Pocos saben de qué hablaron Irvin y Kirsty aquella noche de su cumpleaños, y yo no soy uno de ellos. Solo sé que esa conversación duró horas y que al alba, la gente del pueblo encontró a

Kirsty dormida en los brazos de Irvin en el borde del acantilado, con expresión de paz y felicidad tras años de espera. Después de ese día, pasaron meses sin que Irvin se fuera, y al fin el día de Año Nuevo, Kirsty pudo pronunciar un esperado ‘Sí’ e Irvin pudo enlazar su dedo con un anillo de perlas simbolizando “Todas aquellas lágrimas de tristeza y de felicidad que me perdí por no estar a tu lado”.
Kirsty e Irvin volvieron a ser adolescentes de nuevo, viviendo cada día con nueva energía, e iluminando el pueblo con la presencia de su amor, esperando con pasión y esperanza que llegara aquel día cuando sus destinos se entrelazaran una vez más y para siempre esta vez. Todo era tan feliz... Kirsty ya no guardaba mil secretos bajo su almohada, e Irvin ya no era un caballero alejado de su tierra.

Quedaba una semana para la boda y ese día Kirsty durmió en los brazos de su guardián, que la acunó y acarició como si tuviera entre sus manos el tesoro más valioso del mundo. La mañana siguiente Irvin la despertó con un beso en la frente y una mirada velada, pero Kirsty de esto último no se dio cuenta. ¡La alegría por la proximidad de su boda con Irvin era tan grande! Y dejando que su felicidad le empañase la vista, no fue consciente del comportamiento distante que dominó a Irvin durante toda esa mañana. Esa misma tarde Irvin la selló los labios con un beso y la juró por todo lo que amaba, la juró por su vida que la quería con todo su ser pero... Tenía que marcharse una vez más, pero solo por unos días, y que en cuanto volviese se casarían y nunca más la dejaría.
Esa tarde, el pueblo entero fue testigo de las cascadas que derramó Kirsty por sus ojos mientras veía al barco de su amado marchar, y de la desesperanza que embargó a la muchacha cuando llegó el día en el que habían planeado con gran esperanza su boda la pareja. E Irvin, Irvin todavía no había dado señales de vida o de volver.

Dos, tres, cuatro semanas pasaron y Kirsty cada vez pasaba más tiempo sola mirando el mar y menos en el pueblo. Cuatro, cinco, seis meses pasaron y Kirsty ya no abandonaba los riscos. Un día uno de los hombres del pueblo más cercanos a la muchacha, que había sido como su padre cuando Kirsty llegó con solo quince años al pueblo, se acercó a ella, la hizo alzar la cabeza y apartar la mirada del mar. Su cara se veía pálida, unas grandes ojeras marcaban su rostro y sus ojos... Bruce contó en esta misma posada que jamás había visto a la vivaracha y dulce Kirsty unos ojos así. Tras esos ojos se veía un corazón roto, desesperado que se intentaba agarrar a las pocas convicciones que le quedaban. Bruce... Bruce nos contó que jamás había visto unos ojos tan tristes. Poco a poco esa tristeza la estaba matando, e Irvin no estaba ahí para secar sus lagrimas y apretarle la mano. Irvin estaba siendo la causa de sus desgracias y el alimento de su desesperanza.
A Bruce le partió el corazón ver a Kirsty así y cogiéndola en brazos, la obligó a volver al pueblo, intentando que la muchacha volviera en sí. Tratando que comiera, que durmiese. Bruce sólo deseaba ver a su niña sonreír una vez más, pero todo fue en vano.
Cuando cayó la tarde del duodécimo mes Kirsty no aguantó más. Salió del pueblo, marchó a los acantilados y los recorrió una y otra vez, sin parar. No la hizo detenerse el hecho de que la noche cayera, ni el hecho de que la niebla surgiera de las profundidades de la tierra. Ella siguió buscando... Buscando cualquier rastro de su amado. Pero al amanecer, cuando el alba iluminó todo rincón de la tierra y el pueblo encontró la cama de Kirsty vacía, cuando hombres y mujeres la buscaron por todos los acantilados, por toda la costa, y cuando no encontraron ningún rastro suyo solo pudieron deducir, solo pudieron resignarse al pensamiento de que Kirsty se había adentrado demasiado en los riscos y donde ella una vez vio marchar y sintió perder a su amado, ella había encontrado su fin».

«Kirsty desapareció hace años. Pero hay algo en los acantilados. Algo que despertó con Kirsty y aún con su desaparición no ha muerto. Unos dicen haber visto ese algo como una doncella, guía de perdición envuelta en una manta de niebla tarareando una inquietante tonada. Otros dicen haber visto una silueta fantasmagórica cuyos gritos desgarran las entrañas. Otros creemos en las dos cosas. Creemos, creo que Kirsty sigue ahí. Al menos una parte de ella... Los humanos solo vemos lo que creemos ver. Yo creo que eso sobrenatural que vaga en los acantilados es algo... Algo sin forma ni materia. Y creo que ese algo es el lamento del corazón desgarrado de Kirsty, que aún se oye en los riscos. Aún esperando que su amado(que maldito sea tres veces) vuelva».

—¿Eso es todo?–preguntó el viajero.
—¿Te parece poco?
—Ni siquiera tenéis la certeza de que sea cierto, quizás solo es el viento soplando y las olas rompiendo contra las rocas.
—Ah, ¿Sí?–preguntó sarcástico Evan– Todos los que han dicho eso... Todos maldita sea, todos los incrédulos, no creyeron y decidieron quedarse una noche en los riscos para desmentirnos a los que contamos la historia de Kirsty. Todos ellos volvían temblando al pueblo y afirmando que ningún sonido de la naturaleza podía producir el lamento de los acantilados de Stromness. Si buscabas un mito, date la vuelta. Si no, eres bienvenido.

«Se dice que el amor es poderoso, ¿no?» prosiguió Evan. «Nosotros creemos algo más que eso. Creemos en que los humanos tenemos algo. Algo poderoso y sobrenatural, que nos pertenece y que aún cuando desparecemos de aquí... No deja a la tierra inmóvil. Que, aunque nuestra vida se extinga como si de la llama de una vela se tratase, eso jamás se apagará. Kirsty dejó su amor e Irvin una leyenda apasionada y un alma en desgracia. Ahora viajero paga tu bebida y márchate, porque tu búsqueda ha encontrado resultado».

Esa noche el viajero se adentró en los riscos y no volvió, desapareciendo como una vez lo hizo Kirsty. E igual que ella, dejó una hilera de rumores, conjeturas y susurros tras él, provocando que aquellos pocos del pueblo que le vieron encaminarse hacia los acantilados, repitieran sin descanso: «Había algo familiar en él, lo juro. Era sobrenatural y siniestro, pero conocido.»

Actualmente Bhean ya no existe en el mapa, ahora solo es un pueblo devorado por las olas, y de Kirsty e Irvin no se sabe nada. Ahora solo existen en nuestras memorias, querido lector. Guarda con respeto esta historia: la de la dama del acantilado.

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