- ¿Qué sucede?
- Quiero ese oso.
La mano regordeta del pequeño señalaba a aquel escaparate de la juguetería de la esquina de la calle, llena de mil y un juguetes llenos de colores atrayentes para los ojos de todo niño que pasaba por aquella avenida. Delante del cristal, se amontonaba una pandilla de niños, cuyas niñeras trataban de alejar de la tienda.
En aquel variopinto corro de niños, había chiquillos mayores, pequeños... Y en medio de aquel grupo, un niño seguía reclamando a su cuidadora, que trataba de convencerle que no era el momento, que no podía comprarle aquel juguete, que tendría que pedir el permiso de sus padres cuando volvieran a casa. Le cogió de la mano, y le arrastró lejos de aquella tienda que parecía atraer a todo menor de doce años que se encontrara diez metros a la rotonda.
Sin embargo, el chiquillo no se daba por satisfecho, acostumbrado a que se le concediera todo aquello que él deseaba como un pequeño príncipe, no encontraba el gusto a aquella manera de manejar caprichos que tenía la nueva niñera. Ciertamente no sabía ella cómo funcionaban las cosas por ahí. Él iba a conseguir aquel oso con los ojos brillantes fuera como fuera.
Tras abandonar la avenida, el niño dejó de oponer resistencia a la cuidadora, a lo que ella respondió con un suspiro aliviado. Solo quedaban cinco horas de aquel día y por fin tendría un descanso de toda una noche de aquel pequeño tirano. Y, cinco horas después, como había imaginado tantas veces la niñera durante aquella noche, yacía el niño en su cama, y ella en el cuarto conjunto, leyendo a la luz de una vela. Finalmente, cerró el libro y apagó la vela de un soplo. Sin embargo, al mismo tiempo que aquella luz se apagaba, la luz de unos ojos al otro lado del pasillo, se iluminaban. Unas regordetas piernas bajaron de la cama, se calzaron con aquellos zapatos de marinerito que su madre había comprado con tanta ilusión y salió silenciosamente por la puerta.
Tras subirse a un taburete ya que no alcanzaba el alto manillar de la puerta de entrada, salió tras asegurarse de guardar la llave en su bolsillo izquierdo. Minutos más tarde, brincaba por las calles empedradas del pueblo. Los ojos le relucían cada vez que pasaba una tienda, pero no le iluminaron tanto como cuando vio de nuevo aquel oso de peluche en el escaparate. Aquel muñeco de trapo que parecía estar vivo y que era tan grande como aquel principito mimado.
La parte más difícil de su aventura había llegado. El niño avanzó vacilantemente hacia la puerta de la juguetería sin saber muy bien cuál debía ser su siguiente paso. Sin tener otra idea en mente, llamó educadamente a la campanilla de la tienda, como su padre le había enseñado, ya que todo niño debía de ser un caballero. Minutos después, un anciano abrigado con un camisón y con un gorro de dormir, abría la puerta mientras frotaba sus ojos de manera somnolienta. Ver a aquel niño rico de pie de manera tan orgullosa frente a su puerta en medio de la noche, le sorprendió un poco ya que no esperaba precisamente su presencia, pero sonrió y le dejó pasar sin formular una pregunta. Tan solo murmuró un saludo como si aquel visitante nocturno fuera su más importante .................. de las ultimas veinticuatro horas.
“¡Por fin alguien que sabe su lugar!” Exclamó en su mente aquel caballerito, ya que el disgusto por el rechazo de la niñera de la tarde no se le había pasado todavía.
El anciano le proporcionó un vaso de leche y le sentó en una cama de juguete repleta de juguetes que yacía en el rincón de la tienda. Sorprendentemente, la tienda parecía ser mucho más grande por dentro, en cada esquina había una cortina con tonos pastel y estantes con peluches, muñecas, coches mecanizados... Cada rincón de aquella sala estaba adornada de juguetes tan atrayentes como lo fueron en un momento las chucherías de la bruja de Hansel y Gretel.
El niño, tras ser tratado de manera tan educada por aquel anciano, confió inmediatamente en él y le proporcionó una historia temible, en la que escapaba de secuestradores como los héroes de las películas de la televisión que él veía cada tarde a las cuatro, hacían. Así era como en el abrigo de la noche, había dado con su juguetería. Mientras contaba su historia, vagaba con los ojos por la tienda hasta que sus pupilas se dilataron al ver aquel premio que era el oso del escaparate. El anciano, que escuchaba atentamente a aquel ‘cándido’, aunque más bien astuto niño, al ver la expresión que su rostro había adoptado al ver al oso, se encargó de darle aquel juguete, que fue abrazado al segundo por aquellos brazos regordetes. El pequeño dejó escapar una risa traviesa y cerró los ojos para sentir de mejor manera aquel aterciopelado regalo.
Finalmente tras unos largos minutos, el anciano le dejó descansar en su juguetería por aquella noche, ya que sería una locura dejar al niño vagando por las calles. Le arropó y subió los escalones que se encontraban al final de la sala, que comunicaban con la vivienda del viejo juguetero.
Como todas las noches, esa noche pasó y la luz del sol encontró su camino de vuelta a la Tierra, y aquella brillante luz pasó por los cristales de la juguetería, acariciando los párpados del niño, que todavía dormía. Sin embargo, acabó despertando, y fue probablemente su despertar más extraño ya que, al abrir los ojos vio el rostro de una hermosa niña mirándole.
- ¡Niñera! ¡Quiero ese!
El niño, todavía sentado en aquella cama de juguete, se ofendió por las maneras que osaba presentar aquella chiquilla y trató de comunicarle que él no era un juguete que pudiera comprar a su antojo, (¿Qué se había creído esa niña?) pero por alguna extraña razón su boca no parecía funcionar. A lo mejor era porque durante toda la noche no había bebido su agua mineral, pues efectivamente su boca se notaba muy seca.
Ya que hablar le era tan tremendo esfuerzo, trató de levantarse y como todo niño pequeño al incorporarse, apoyó las manos entre sus piernas mientras los miraba y, entonces lo vio. Vio la razón por la que sus piernas se notaban tan dormidas. Sus piernas eran de trapo, sus brazos mostraban estar hechos de relleno. Se miró en el reflejo de los brillantes ojos de la niña y confirmó con horror que él era un oso. Un oso idéntico al que yacía de su lado. Del mismo tamaño, del mismo color. Con la única diferencia de que él estaba vestido de marinerito.
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